11.9.06

The boy with the thorn in his side

Acabo de leer la crítica que hacen en RockdeLux del concierto de Morrissey en el FIB. Más o menos coincide con la impresión que le causó a Rosa Montero (la auténtica, no la escritora), sobre todo en lo concerniente a la decepción y el desmontaje de un mito a quien, como a todos los mitos, también le ha llegado eso que muchos llaman eufemísticamente madurez. Rosa tiene más o menos la edad que yo tenía cuando The Smiths se separaron y, como a mí me ocurre con otros grupos representativos de generaciones anteriores a la mía (Beatles, Rollings, Joy Division…), tiene una percepción más distante (en el buen sentido de la palabra) o, en un momento dado, más objetiva que yo acerca de qué aportaron en realidad los de Manchester a la música pop.

Morrissey, como Santiago Auserón, es de los que han sabido mantener el tipo en solitario sin llegar a mejorar lo pasado, algo que sólo ha dejado de suceder en casos muy contados, como el de Peter Gabriel en su etapa post Genesis (estoy refiriéndome a los discos anteriores al So, claro). Cuando se peleó con Marr y salió Viva Hate, una colección irregular pero con unas cuantas canciones buenas, bastó ver la portada de este primer trabajo para comprobar por dónde iban a ir sus tiros: en vez de fotos coloreadas de personajes que formaron parte de la peculiar mitología cinematográfica de The Smiths, es él mismo quien aparece. Después, con sus dos siguientes discos, pero sobre todo con Kill Uncle, llegó un momento en que muchos pensamos que merecía la pena dejarlo subir a los altares, porque sus canciones cada vez eran mejores y sus excesos literarios y estéticos, en cierta medida, eran perdonables y asumibles. Sin embargo, su divinidad se desbarató a mediados de la década pasada, cuando empezó a creerse Elvis Presley, a vestirse como los mafiosos, a dar conciertos por Estados Unidos y a vivir en Los Ángeles. Su condición de bocazas ya no encontraba excusa en la calidad musical de sus canciones, porque éstas se oscurecieron con tintes de mediocridad. Nunca hizo un disco malo, pero tampoco bueno, hasta que llegó You are the Quarry, hace un par de años, después de una etapa de silencio absoluto. Luego, con Ringleaders of the Tormentors, el listón ha vuelto a bajar. Ahora ya nadie se parece a él (a ellos), como antes; ahora es él quien se parece a otros, y no precisamente a lo mejor (por ejemplo, a algunos últimos discos de Suede).

Sin caer del todo, sin llorar desde el fondo del pozo, a Morrissey sí le han pesado los años, no los kilos. Jamás ha vuelto a ser aquél que durante años hizo de lo indie una etiqueta que todos los que creíamos en otra forma de concebir la música llevábamos con la convicción de que el pop era una forma de vida, de ser y de pensar, de sentir esa suave brisa llamada diferencia.

(P.D.: Dicho lo cual, que le quiten lo bailao. The Smiths for ever!)

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